sábado, 20 de enero de 2007

¡Pasa la voz! ¡Carajo!


Esta es una historia celestial protagonizada por personajes terrenales.

En rigor técnico no es un escrito de ficción sobre la muerte. Más bien se trata de una sorda conspiración contra ella, liderada por un puñado de conjurados que una noche se confesaron adictos a la vida.

Caicedo no intentará seducirte con empalagosas palabras sino con personajes de verdad-verdad. Porque este es un libro sudado, página tras página, en el intento de reconstruir -de manera fiel- ese microcosmo de la Villa del Príncipe, donde sus habitantes resultaron tan sorprendidos ante la súbita aparición de la racha de muertes naturales, que no tuvieron tiempo ni de cambiarse de nombres.

Si durante su lectura te suenan conocidos algunos de los atrevidos villapríncipes que intentaron detener la progresión de las muertes naturales, mantén discreto silencio. En caso contrario, las damas del Directorio te acusarán de practicar en la clandestinidad artes adivinatorias o de participar en las descocadas bacanales que -una vez al año- se organizan en el "barrio de abajo". La más mínima sospecha, podría acarrear tu excomunión automática.

Ahora, abróchate el cinturón, respira profundo y arrepiéntete. ¡Algo divertido está por suceder!

Escribir es un vicio solitario

Escribir es un oficio artesanal que emplea como materia prima la palabra.

Escribir exige la paciencia del tejedor de filigrana, que maniobra hilos -aparentemente inconexos- hasta cuando del enredo de mil nudos brota la magia de un bordado, donde se adivinan paisajes, personajes y conflictos.

Escribir una novela pareciera un acto de Fe. Pero no. Es un vicio solitario, inconfesable y, además, nocturno. De ello son testigos más de un millar de madrugadas.

viernes, 19 de enero de 2007

Crítica. Antonio Gómez Rufo

Escritor. Presidente Círculo Literario de Madrid, España

Viva el Obispo, ¡Carajo!, es una novela extraordinaria. Más allá de su armonía estructural, de su pureza sintáctica, de sus hallazgos en el lenguaje y de la originalidad de su trama, Armando Caicedo ha logrado asentarse en los dos pilares que sostienen la novela moderna: el compromiso y el afán de divertimento. Da gusto encontrar novelas así. Tan infrecuentes y tan iluminadoras.

Antonio Gómez Rufo. Escritor, vicepresidente de la Asociación Colegial de Escritores de España y Presidente del Círculo Literario de Madrid. Premio de Novela Fernando Lara, 2005.

jueves, 18 de enero de 2007

Crítica: Ana D'Atri

Editora. España

“Resalto la fuerza de su castellano y la pujante clase de su mirada tragicómica. A su estilo, estilo no solo de lenguaje, barroco, rico, plagado de americanismos perfectamente integrados al contexto, hay que añadir su óptica humorística, aguda pero no ácida, tierna en su exagerada humanidad.”

Ana D'Atri. Editora. España

miércoles, 17 de enero de 2007

Crítica: José María Valle Torralbo

Periodista, Radiotelevisión Española

"Caicedo es un orfebre del lenguaje que trabaja el metal precioso de la palabra con la eficacia de un tiburón y la compasión de un fraile"

José María Valle Torralbo. Escritor. Periodista. Radiotelevisión Española (RTVE)

martes, 16 de enero de 2007

Crítica: Ignacio Ramírez

Escritor, Crítico y Editor. Colombia

“La ironía, la crítica sutil pero evidente, un estilo narrativo limpio y bien estructurado, y, de nuevo, la justa proporción de gracia y buena información, son ingredientes fundamentales para justificar la inmersión en las páginas de ¡Viva el Obispo, Carajo!”
Ignacio Ramírez. Escritor, Crítico y Editor. Colombia

lunes, 15 de enero de 2007

Que el final te sorprenda confesado




Sinopsis

En la Villa del Príncipe, sucede un hecho inaudito: la gente fallece en su cama y, como si fuera poco, por "causas naturales".

Un pueblo castigado desde tiempos inmemoriales por conquistadores, generales levantiscos, bandoleros de surtidos pelambres y, claro está, la "autoridad competente", no conoce la existencia de otro tipo de muerte que no esté vinculado con las reiteradas oleadas de violencia, las guerras civiles, y la intolerancia política.

Hasta ahora ha sido tan natural que la gente fallezca en emboscadas, allá en el recodo de un camino, en impunes atentados políticos desde lo alto de la cúpula de la iglesia o desde el fondo de una zanja nauseabunda, en alzamientos y golpes de cuartel y en escaramuzas anónimas.Pero lo que parece impensable es que ahora todos los muertos sean tan cercanos, tan reconocidos, como tan vulnerables. Si en la Villa del Príncipe siempre se ha tolerado que la gente muera de manera heroica, incluso, que los ciudadanos se esfumen sin despedirse, sin dejar ni dirección ni huella ¡Ah! Y que sus supérstites teman hasta interrogar por su destino.

Pero ¿morir en la cama?

Si en la cuja no puede haber lugar para promesas de "investigaciones exhaustivas". Si el lecho se diseñó, si acaso, para los menesteres de la reproducción, la reparación de las energías perdidas y para holgar en medio de humores y gemidos. Pero ¿a quien se le ocurre agonizar en catre de bronce, con deudos acicalados de medioluto revoloteando alrededor del tálamo, en espera del resollo final?

"Viva el Obispo ¡Carajo!" es la crónica real de los "villapríncipes", atrapados en la paradoja de la muerte natural.

domingo, 14 de enero de 2007

Invitación Episcopal:


(Fragmento, Capítulo XXI)

El notario reconstruyó con puntilloso detalle el inventario de quienes alguna vez pernoctaron en la Villa del Príncipe. Resaltó en cada caso, títulos, cargos, nombres, apellidos y merecimientos. Desfilaron por su memoria adelantados, conquistadores, oidores de la Real Audiencia, virreyes, gobernadores, regentes, caudillos de cien guerras civiles, alzados en armas y generales pacificadores, jueces y fiscales, escribanos, contadores y tesoreros, galenos y boticarios, rectores, catedráticos y maestros -muchos de ellos escoltados por parentela de dudoso linaje, en busca de favorables alianzas en la lejana capital- y hasta hizo cuenta de cientos de religiosos, jueces del Santo Oficio, deans, arcedianos, chantres, presbíteros, racioneros, maestros de novicios, maestrescuelas, provisorios y vicarios, canónigos, priores, provinciales, capellanes de variados ejércitos -que combatieron en bandos contrarios, pero siempre en nombre de la misma cruz- frailes, monjas, curas y hasta los sacristanes que nos honraron alguna vez con su presencia...

- Pero ojo, excelentísimo monseñor, jamás de los jamases, en más de 290 años de historia, ha hollado el suelo de nuestro pueblo, un señor obispo.

sábado, 13 de enero de 2007

Las hijas del General Abraham Guacaneme:






(Fragmento, Capítulo III)

Por un lado, el General vivía obsesionado con la llegada de un vástago varón que desde su primer vagido no dejara dudas de su vocación castrense. Por el otro, Ana, su mujer, no obstante asumir las posiciones, pre y post coito que le recomendaban, pese a la concentración durante el orgasmo en el instrumento de su consorte y a la inmovilidad que mantenía al final para que los jugos de su marido llegaran al lugar indicado, no pudo complacer del todo a mi general. ¡Ay la pobre! A pesar de las promesas de peregrinación y de los rezos, y a la tal agua de manzanilla y tilo que tomaba por litros, al final, sólo seguía pariendo hembra tras hembra. Para distraer esa suerte de complejo de culpa y aliviar la tensión, la piadosa matrona dedicaba la totalidad de los nueve meses de cada embarazo, a confeccionar "otro" edredón. Con redomado optimismo consagraba las cuatro últimas semanas en la tarea de bordar el inmenso monograma de una “A”, porque invariablemente -"esta vez sí"- esperaba la materialización del esquivo “Abrahamcito”.

La primera “A” fue una “itálica capital”, edredón que ante la ausencia del varón, debió envolver a Amanda, la primogénita. Para el segundo parto la señora escogió una “A” gótica, por eso cuando apareció una hembrita decidieron bautizarla Angela. En la tercera ocasión, cuando la partera alzó la criatura y se vio que no cargaba la dotación de campaña que mi general esperaba, el cobertor con la “A” “romana cursiva” se le adjudicó a Arcila. El cuarto edredón, adornado con una preciosa “a” “carolina” minúscula, se le adjudicó a Abigaíl. Y como las esperanzas no se pierden, ocho edredones más tarde, aún insistía mi general, en su papel de improvisado semental, buscando que el Cielo le premiara la constancia con esa criatura que debía aparecer en esta vida exhibiendo, muy en alto, la virilidad de la estirpe Guacaneme. Pero no. Las “aes” que diseñaba Doña Ana sobre cada frazada, y que embarazo tras embarazo eran más complicadas, minuciosas, y alambicadas, tocó adjudicarlas, una tras otra a las hermosas hembritas que fueron naciendo, para deslucimiento de nuestro viripotente héroe villapríncipe. Esa fue la explicación que dio el Notario, cuando en una noche de juerga, en el “barrio de abajo” alguien inquirió la razón que dio origen a que el nombre de todas las bellísimas hijas del General empezaran por “a”.

viernes, 12 de enero de 2007

El Boticario:


(Fragmento, Capítulo IV)

La tarde que lo emboscaron padeció en la misma fracción de segundo, tres sensaciones entrelazadas: el impacto pavoroso de la metralla sobre el pecho que lo proyectó hacia atrás, el vacío que dejó la mula cuando desapareció espantada y el estruendo del cañón. La reverberación se coló en la oquedad de su cráneo, y continuó en oleadas alucinantes como de estruendos y chillidos ululantes que se fueron alternando hasta el silencio total. Luego de aguantar el supremo ardor por el relámpago que le carbonizó el pecho, no volvió a percibir dolor alguno. Con la conciencia aferrada a la hilacha más débil de su existencia, experimentó el vértigo de traspasar a velocidad acelerada, la frontera de lo familiar a lo inexplorado. Y advirtió su ingreso expreso al túnel gris por donde se hace el tránsito irreversible hacia la muerte. Durante ese cruce percibió a su lado una débil señal.

Instintivamente entreabrió su ojo derecho, cubierto de lodo y sangre, y se topó con las fosas nasales ensangrentadas de su hijo agonizante. Enseguida alguien le volteó el rostro de un puntapié para comprobar si estaba vivo. Con los músculos del costado destrozados y desangrándose entre una cuneta llena de fango, sintió tan reconcentrado rencor y deseo de venganza que se apropió de la fuerza suficiente para detener su fatídica carrera hacia la raya negra del no retorno que en ese instante cruzaba. Perdió la noción del tiempo y otras sensaciones a excepción del olfato. Aunque sentía que podía ver, la costra sanguinolenta que le cubría el rostro se endureció y le impidió abrir los párpados. Durante un tiempo impreciso percibió el vaho azufrado de la pólvora. Cuando la fetidez se desvaneció, notó al aroma fresco a la boñiga de las bestias que cabalgaron los forajidos, pero al final, prevaleció en el ambiente el tufo a gas metano que emana de las aguas estancadas. En la emboscada de esa tarde, su primogénito y seis trabajadores de su finca resultaron vílmente sacrificados

jueves, 11 de enero de 2007

El Barrio de Abajo:


(Fragmento, Capítulo XII)

En realidad, el “barrio de abajo” era musa para poetas. Pretexto para estudiantes y estudiosos de los temas sociales. Numen para compositores de música vernácula. Cabildo abierto para dirimir confrontaciones políticas. Bolsa de valores para agricultores y ganadores. Templo para los fanáticos criadores de gallos finos. Academia de la vida para jovencitos con el hipo de la sensualidad alebrestada. Cava para catadores de licores legítimos y adulterados. Pretexto para traviesos amantes del físicoculturismo devotos ellos del taconeo, la danza y la coreografía. Santuario para los apostadores. Inspiración de círculos literarios. Casino para jugadores de tute, tresillo, parqués, póker y dominó. Garito para apuestas inconfesables. Café, cantina y billar. Centro de chicanería para criadores de caballos trocheros y pasofinos. Tertuliadero inofensivo. Yunque para ablandar con el martillo de la concupiscencia investigaciones exhaustivas, comisiones de auditoría, y jueces instructores. Fogón para cocinar pasiones y fantasías. Refugio para evasores del servicio militar. Caja menor para el alcalde Cancelada y sus inspectores. Edén para visitantes de la gobernación en comisión oficial. Altar de la incontinencia. Coro mayor de gemidos y suspiros nocturnos. Caja de resonancia para conocer lo que maquina la entretejedura de la burocracia local. Paraíso para pecadores contra el sexto y el noveno. “Peccata minuta” para sexagenarios prostáticos. Estudio fotográfico para cultores del desnudo, como el señor Cortés. Canapé de sicoanalista. Bálsamo para curar heridas del amor. Escenario sicalíptico de malabares del “pithecantropus erectus”. Burdel. Principio vital para los adoradores de la noche. Montepío. Batalla de los sentidos. Quitapesares. Paño de lágrimas.

Sí. El “barrio de abajo” era todo el catálogo anterior... y mil cosas más. Pero sin duda, su función principal era la de operar como generador de ingresos, tanto para aquellas familias de magras economías obligadas a enviar a sus más bellas flores como bailarinas en los “dancings” -para completar con el agitar de sus esqueletos el presupuesto semanal- como oxígeno vital para las siempre estranguladas rentas municipales y los estancos departamentales.

miércoles, 10 de enero de 2007

La Cabalgata:


(Fragmento, Capítulo XXV)

A las diez de la mañana se dio la orden de montar y sin importar procedencia, amistad, familiaridad o compadrazgo, se organizaron las columnas por colores.

Aquí estaban todos los caballos.

Corceles descendientes de aquellos en cuyos lomos se apoltronaron los magros culos de los “dioses” conquistadores. Rocines herederos de los mismos genes de esos sesenta potros berberiscos que cuatro siglos atrás se aventuraron con el Adelantado Jiménez de Quezada por estos territorios -saqueando tumbas, lanceando indios y desvirgando indias, con el pretexto de ampliar las fronteras del reino del Señor- caballos andaluces de cabeza pequeña y frente convexa. Nerviosos. Trocheros y galoperos. Pasofinos. De saltones ojos negros. Briosos, ágiles y armoniosos. De orejas pequeñas y ollares dilatados. Bajos de alzada, pero de pecho generoso. Con grupa y cola al mismo nivel. Y de piel lustrosa y fina.

Adelante se colocó la caballada de pelaje más claro. Nadie se explica de dónde diablos aparecieron tal cantidad de cuatropeos blancos. Resultaron tantos y contrastaban de qué manera contra el verde feraz de la vega, que aparecieron evidentes gamas y matices del mismo blanco. Entonces se promulgó la melindrosa orden de clasificarlos por tonalidades.

Mas de cien albinos, casi rosados, se formaron en la vanguardia. Luego se dispusieron los palomos y los de tono porcelana, y al final, cerrando la columna -como guardas de honor de la bandera amarilla de la diócesis - los amarfilados.

Los diez más hermosos caballos blancos aperlados, se reservaron para los mejores chalanes, sin importar si eran o no autoridad, con el fervoroso propósito de escoltar a “Satanás”, el brillante negro azabache patiblanco de lucero en la frente, que montaría Monseñor, recurso para hacerlo, por contraste, más visible para los fieles de a pie, que verían desfilar la cabalgata.

Luego se formó la columna de los caballos negros. Primero los azabaches. A continuación los retintos, zainos, morcillos y peceños. Luego los rucios y los tordos. Detrás, el grupo de rosillos, con sus pelos entrecanos. Y desgranándose por tonalidades, los bayos blanco-amarillentos, ruanos, alazanes claros, seguidos de alazanes tostados, los color nuez tras los de tono maní, y así, zainos, castaños y moros.